PUZZLES (Cuento de Navidades) por Esteban Vicente del Campo

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             PUZZLES             (R)Esteban Vicente del Campo

 Érase una vez un hombre robusto, joven, de unos cuarenta años, diez años más de lo
acostumbrado…y tenía una debilidad: su pasión por los puzzles.

 Su profesión habitual por no decir forzosa, era la de funcionario de correos, de
ésos que en ventanilla acumulan trienios y gratificaciones nada extraordinarias.
El horario, de ocho a tres de la tarde, le hacía afortunado en el mal llamado “tiempo libre, pues él
era soltero y propietario de un bonito piso en el mismo centro de Madrid; esta condición de
estado civil implicaba una dedicación de “amo de casa” nada habitual allá por los años sesenta,
época en la que los solterones eran prisioneros habituales de pensiones y patronas. Esta situación
le restaba tiempo a su único y verdadero “hobby”: los puzzles.

 Ya de pequeño recomponía dibujos, cuadros y fotografías de monumentos famosos con las
piececillas de cartón prensado. El primer puzzle que recordaba debía tener dieciséis piezas y
conforme la Tierra giraba entorno al Sol, él iba elevando siempre con números pares la cantidad de
piezas para componer los puzzles, sus puzzles…

 Los días y otoños pasaban y como diría alguien a quien conozco de imaginarias batallitas
militares, la vida continuaba de forma totalmente rutinaria: “sin novedad al frente”.

 Su familia era parca en miembros, sus padres arrollados por un tranvía a edad temprana y una
hermana que había investigado o mejor dicho experimentado con toda clase de sustancias
antinaturales eran su familia natural, como si un zumo concentrado en una vulgar cadena actual de
supermercados fuera algo natural.

 Demagogias aparte, su única hermana era menor que él aunque de hecho había nacido bastantes
años antes. Ella estaba internada en un centro especial para autistas, esas personas que por fuerza o
que por su propia voluntad deciden penetrar en una burbuja impermeable o mejor dicho,
impenetrable…

 Él la visitaba todos los domingos. Las tardes y los sábados estaban reservados sólo y
exclusivamente para su inmensa colección de puzzles.

 Debía tener cincuenta y pocos años cuando de repente una embolia pasajera y sin venir a cuento, invadió su cuerpo, más concretamente su mitad de cuerpo.
 De caminar poco, de ser hacendoso en su impoluta casa, más bien menos, hasta el punto de que con la baja laboral en mano requirió los servicios de una mujer para que le ayudara en las tareas domésticas, incluidas las de hacer la compra y cocinar lo comprado…

 Tras la embolia fortuita y la consecuente fragilidad en sus miembros izquierdos, le sobrevino una
transitoria depresión, ahora llamada endógena y también consecuente por aquel incidente que le
mantuvo hacinado en su casita de piececillas de cartón prensado.

 Cumplía sesenta años el treinta de agosto cuando decidió darle la vuelta al asunto y volver a sus
antiguos puzzles de dos mil piezas. La vista nublada, de vez en cuando algún sol y las manos
indignas para un ladrón de panderetas. De dos mil piezas y tras la muerte de su hermana,
anunciada por telegrama ordinario, pasó a los puzzles de doscientas cuatro.

 En un alarde de valentía física, se agachó para recoger unas últimas piezas caídas a ras del suelo y
su pierna izquierda se tornó invisible para sus sentidos.

 A las cinco horas lo encontró la asistenta, caído todo él en el suelo y con una pequeña brecha en
su cabeza. Los pies metálicos de la diminuta bombona de oxígeno que utilizaba raras veces, habían
sido por un instante una pendenciera arma blanca.

 Dos días en la UCI, tres en observación y una única obsesión al volverse consciente:

¡Mis Puzzles!, ¡Mis Puzzles!, ¡Mis Puzzles!…

 Un coágulo sanguíneo craneal y un caminar de medio cuerpo eran motivos más que suficientes
pero aún así insistió e insistió y requirió su vuelta a casa firmando y asumiendo todo tipo de
responsabilidades en documentos por triplicado.

 Tan sólo llegar a su estancia se dirigió a la habitación de las piezas, la de las piececillas
coloreadas, la de las cajas de cien, dos mil y diez mil piezas.

 Dos pastillas y cinco cápsulas al día de medicinas antinaturales “último grito”, eran su lectura oral
obligatoria. Pasadas ya dos semanas y por otra desgracia, a la vez insólita, le asomó un prematuro
Alzheimer fruto seguramente de alguna que otra complicación en su pasado accidente craneal. De
mil cartoncillos de colores, pasó a puzzles para niños, de Walt Disney y similares, máximo
cuarenta y ocho piececillas para una obsesión o llamémosle divertimento…de más de cincuenta
lustros.

 De cuarenta y ocho pasó a veinticuatro y una mañana más tarde recordó que no recordaba lo
recordado por tiempo superior a ocho horas terrestres.

 Se acercó como pudo a la ventana que daba a su calle principal y vio pasar la tradicional cabalgata
de los Reyes Magos. Eran las ocho de la noche, embutidas en un cinco de enero, caramelos,
regalos, jolgorio de niños y padres incluidos; todo el gentío aguardando el paso de las brillantes
carrozas, repletas de juguetes, de sueños de Peter Pan y enormes deseos de pequeños chiquillos.

 Pasado un lapso de tiempo indefinible, se acercó al comedor y cenó una sopa fría que antes de
marcharse su asistenta había depositado en la antigua mesa de cedro, ésa reservada siempre para
los invitados invisibles.

 Cerró puertas y ventanas pero el bullicio de la calle le invitaba a pensar y soñar con los sueños
más imposibles. Se levantó con el esfuerzo acostumbrado y se dirigió a su dormitorio. Abrió el
cajón de la mesita de noche y agarró con fuerza y mano temblorosa un sobre blanco, bordeado por
el color ocre de la más sincera soledad.
Buscó un papel en blanco y tres sellos iguales con franqueo suficiente para viajar a las tierras de
Oriente, donde se da por supuesto que Sus Majestades, los Reyes de Oriente, tienen su residencia
habitual. Tomó su plateada pluma estilográfica y se dispuso a escribir como pudo y con caligrafía
de tierno infante las siguientes palabras:

    “MAJESTADES, MI VIDA ES TODO MENOS VIDA, AUNQUE SOY YA

    DEMASIADO MAYOR PARA PEDIRLES UN ÚLTIMO REGALO, DESEARÍA QUE

    ME CONCEDIERAN LA OPORTUNIDAD DE PODER ACABAR COMPLETAMENTE

    UN ÚLTIMO DESEO: UN PUZZLE, AUNQUE SOLAMENTE FUERA DE DOS

    ÚNICAS PIEZAS…

             ATENTAMENTE, UN VIEJO ILUSO…”

 Pasaron dos semanas y un joven funcionario de correos acudió a su casa para
entregarle una carta certificada. La carta procedía de Oriente, de un país del que
nunca había oído hablar.

     Abrió el sobre con emoción incontestable y no había carta pero sí un inesperable
    objeto…
    Volvió el sobre del revés y boca abajo…

    Cayó una gran ficha blanca, de puzzle…
    Se colocó sus gafas de vista cansada y observó escritas unas palabras:

    “QUERIDO AMIGO: HEMOS LEÍDO ATENTAMENTE SU CARTA Y
    HEMOS PENSADO LOS TRES EN HACERLE UN HUMILDE REGALO:
    QUE PUEDA TERMINAR UN ÚLTIMO PUZZLE…

    HAGA UN PEQUEÑO ESFUERZO Y BAJE A LA CALLE,
    SEGUIDAMENTE ABRA SUS BRAZOS Y ABRACE A LA
    PRIMERA DESCONOCIDA QUE ENCUENTRE A SU
    PASO…”

                ATENTAMENTE:

            S.S.M.M. REYES MAGOS DE ORIENTE

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