Croquetas de pollo (Cuento por Esteban Vicente del Campo)

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CROQUETAS DE POLLO
Érase una vez un bebé que fue dado en adopción. Cumplía diez meses un día de agosto, pudiera ser
septiembre, pues la fe de nacimiento era de dudosas fechas. Su madre genética había muerto sola y
soltera, en circunstancias de ésas en que la toxicidad de ciertas sustancias produjo que entrara en un
coma irreversible.
La suerte que aparece hasta en los lugares más recónditos, había tomado riendas en el asunto: dos
vecinas metomentodo ya habían advertido antes el estado de la difunta joven y con el altruismo,
seguramente discutible, llamaban a la puerta para hacerle ofrendas en forma de potitos “Nutribén”,
leche en polvo para el biberón y algunos purés de frutas pasados por el túrmix.
La joven, entre otras lindezas, había sido adicta a toda clase de pastillas venenosas, calmantes e
incluso a la maravillosa Fluoxetina (Prozac), sustancia que lamentablemente no le había brindado
ni la risa de unas sencillas cosquillas.
En un principio, el pequeño bebé, después de colgarse la medalla de la orfandad, fue trasladado a
un Centro de Servicios sociales. Con increíble suerte, el médico asignado para ese menester sólo
detectó una leve y ligera anemia infantil, no agravada gracias a los regalos de las antiguas vecinas
en forma de perlas alimenticias.
Pasaron unos días, veinte mil solicitudes con la criba pertinente y unas treinta y tantas entrevistas a
futuros padres adoptivos.
Al final, apareció la ficha perfecta: mujer, actualmente ama de casa, magistrada en excedencia y
marido, profesor de Ciencias naturales, prejubilado a los cincuenta y seis años y con exceso de
tiempo ocioso. Cabe decir que así como su mujer fue fértil hasta los cuarenta y siete, él se tuvo que
resignar a vivir con unos espermatozoides vagos, algo que como cabe suponer, le había creado no
pocas crisis de hombría viril que como afirman no pocos expertos en psicología dinámica, suelen
devenir en futuras manías y fobias diversas.
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En su casa no había presencia de animales vivos, ni siquiera pececillos de esos pequeños y
anaranjados, con la salvedad de dos Homo sapiens escrupulosamente sanos y saludables que
regalaban vida al pequeño piso.
El matrimonio siguió los protocolos exhaustivos de las continuas visitas, a veces inoportunas, por
parte del Inspector de asuntos sociales, así como de los psicólogos clínicos cargados hasta el lomo
de las típicas baterías de tests y preguntas impertinentes para confirmar la no existencia de algún,
llamémosle clima, de deterioro en la pareja, así como de entrevistas individualizadas para saber el
porqué de la avidez de ambos por adoptar a un bebé tan pequeño, dada la madurez de sus edades.
Pasaron todas las pruebas necesarias y fueron dados como aptos para encargarse de la futura
maternidad y paternidad consiguiente.
La vivienda estaba impoluta, cosa que pasó de manera desapercibida, si acaso era merecedora de
un punto a favor en la consolidación de aptitudes. No era sólo limpia, permanecía limpia las
veinticuatro horas que tarda en girar la Tierra alrededor de sí misma.
Eran vegetarianos los dos, socios de Greenpeace y Adena. Lo que quizás habría que añadir es que
la agorafobia de la futura madre y el T.O.C. (transtorno obsesivo-compulsivo) del futuro padre
fueron ocultados habilidosamente y no vieron la luz nunca, tanto de manera escrita como verbal en
los informes finales del Centro de adopciones. Respecto a la limpieza excesiva, enfermiza, de la
vivienda, reservo al lector el saber quien era el encargado de tales tareas.
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Con un gran esfuerzo, atenuado con ansiolíticos de amplio espectro por parte de la mujer y
conducidos por el inmaculado automóvil, mitad placa solar y energía eléctrica a base de Nitrógeno
líquido, se dispusieron a ir al Centro para arropar al futuro Niño “sapiens” de la casa. Al bebé le
pusieron de nombre: Moisés (el sacado del agua). Aunque no eran religiosos, más ateos que
agnósticos, pensaron que después de que los Servicios de urgencias médicas encontraran al niño en
una bañera con medio palmo de agua jabonosa y el grifo cerrado, podría ser un nombre más que
apropiado.
Tanto la madre como el padre ocultaban una pequeña faceta inusual. Durante el transcurso de bebé
a niño semi adolescente, el marido ex profesor y su letrada mujer e insufrible compañera de una
enciclopedia infantil de veinte tomos, serían los nuevos tutores legales, los nuevos padres, así como
los únicos e irremplazables eruditos maestros en materia del aprendizaje intelectual del ansiado
bebé, Moisés.
Como dije anteriormente, o creí insinuarlo, ambos eran contrarios a gatos, perros y pajarillos
enjaulados en pisos-prisión de cuarenta y pocos metros cuadrados. Aparte del recién papá, a la par
que biólogo y la estrenada mamá, en el pequeño pero suficiente habitáculo llamado vivienda, sólo
había un televisor, eso sí, en color, con una única cadena sintonizada de documentales sobre
animales no humanos. Coexistían dos vídeos, uno antiguo Beta y otro VHS, un DVD reproductor
de última generación y miles de películas de la saga Walt Disney, antes de que Pixar Productions,
Dreamworks (Spielberg) y Lucas Film se hicieran con el futuro en las nuevas tecnologías de
animación 3D con computadoras bestiales made in Silicon graphics.
Eso sí y sería interesante el apunte: las “pelis” en las que salían personajes humanos dibujados,
niños o adultos (recuerdo Toy Story y sus consiguientes secuelas), quedaban ocultas en unos
grandes armarios empotrados bajo llave en la minúscula habitación para invitados en la que jamás,
ningún extraño, cruzó la entrada ni tan sólo con miradas discretas o indiscretas.
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El cochecito del bebé y un muñeco japonés fabricado con una novedosa silicona y párpados
siempre caídos para simular el sueño profundo, unos días atrás fueron comprados por el padre a
través de Internet desde un locutorio regentado por unos amables caballeros doctos en religión
musulmana o hindú, a pocas manzanas o “cuadras” de edificios cercanos a su habitual residencia,
también construida con el enladrillado típico al que solemos llamar: urbano o urbanita.
El pago se realizó sin tarjetas American Express, Visa y demás; el pago se efectuó contra
reembolso, gastos de mensajería incluidos.
La mamá cocinaba lo comprado por su marido y apenas podía atravesar medio metro más allá de la
puerta de entrada al departamento. El papá paseaba por el barrio el cochecito con el supuesto bebé
de plástico fino, en un alarde de padrazo distante, quizás más propio de algunos personajes de la
basta obra y muchas veces criticada por cursi, con lo que por supuesto y para nada estoy de
acuerdo de mi idolatrado Tennesse Williams. Que me disculpen los leídos y demás intelectuales de
algunas sectas llamadas literarias…
Siempre se acercaba la típica mujer menopáusica que pensaba que haber engendrado y parido tan
sólo a cinco hijos, como mínimo podría ser una de esas injusticias tan injustas que nuestro Señor
Jesucristo le había regalado.
Papá biólogo, pero papá, era suculento en excusas para no dejar que tocaran al muñeco
“asiliconado” de manitas, minúsculos pies y tez perfectas. Solía espetar la recomendación de un
amigo doctor pediatra sobre las maldades de despertar a un bebé cuando se encontraba en ese sueño
paradisíaco de sus tres o cuatro fases REM (Movimiento rápido ocular).
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Huelga decir que esto formaba parte de su vasto e infinito cúmulo de fabulaciones e invenciones
que en un tiempo lejano le fueron de utilidad y ciertamente, le rendían provechosamente en tiempos
presentes.
La familia fue cambiando continuamente de residencia cada nueve meses a la vez que de
Comunidad Autónoma, cosa la cual hizo bailar el papeleo y las designaciones de los nuevos
psicólogos y asistentes sociales. Como ya sabemos de los diferentes niveles en materia de
competencias entre Comunidades, eso no hizo más que evitar que Moisés no fuera visitado en casa
salvo en alguna contada ocasión. Acudió un joven psicoterapeuta por un tiempo no superior a
veinte minutos y un cuestionario de también veinte preguntas sencillas que contestaron los padres.
Moisés, curiosamente se encontraba echando una siesta de tarde y no fue despertado.
El niño fue creciendo y creciendo hasta que empezó a apuntar maneras de un cierto andar propio
de los bípedos. Fue entonces cuando el matrimonio inició la mudanza a una pequeña casita
individual, lejos de la ciudad y con un amplio jardín de verde césped, rodeada de altos setos
exteriores, a modo de valla protectora para intrusos con forma humana y demás fauna perruna y
gatuna.
En el interior del hermoso y a la vez sobrio jardín, existían una gran variedad de árboles frutales
que se disputaban de una manera más o menos arbitraria el terreno.
No es necesario decir que la pareja era terriblemente parca en relaciones sociales y eso les había
convertido en algo muy próximo a esos ermitaños y ermitañas silenciosas que habitan en algunos
conventos medievales de clausura.
Las enseñanzas profesolares en ciencias matemáticas, algún que otro libro tipo “Cabaña del tío
Tom” y la educación de mesa, protocolo y aseo exquisita de su madre, había zanjado ya la etapa de
solitud solitaria a la que sus papás le habían tenido acostumbrado, o condenado…
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Ya era hora de que empezara el nuevo camino labrado por sus padres: el internamiento en un
colegio especial para niños autistas y de escasas o nulas palabras.
En la entrada al, llamémosle “colegio”, sellaron la despedida del semi adolescente con un apretón
ligero de manos, con papá y mamá, sin ese abrazo cariñoso al que cualquier infante o adulto
hubiese añadido un mínimo de afecto.
Esas despedidas eran más propias de los cuentos infantiles sobre príncipes y princesas o de las
cumbres mundiales sobre el cambio climático, ésas en las que la mayoría de embajadores y
diplomáticos presentes asienten con la cabeza mientras su mente se haya revoloteando por los
páramos de la mentira, digamos demagogia, si queremos ser más justos.
El colegio especial no era precisamente un Centro de Investigación, Desarrollo e Innovación, ni
siquiera se acercaba a aquellos Institutos científicos, casi siempre de índole privada, donde no falta
una honda piscina con inteligentes delfines que consiguen, no pocas veces, extrañas
comunicaciones y avances con niños genéticamente condenados al Síndrome de Down o con
chiquillos “burbuja”, psicológicamente inmersos en un perenne autismo.
Era un simple y ordinario internado de los que por desgracia aún subsisten en el maravilloso y
globalizado Occidente del siglo XXI, para niños provistos de infames padres a los que sí habría que
internar, con rejas de acero y barrotes de hierro colado.
Al nuevo inquilino, Moisés, le fueron suministradas unas prendas uniformadas de tonos azulados,
se supone que para evitar todo lo posible cualquier gesto de inquina o envidia infantil, propia del
treinta y tres por ciento de los infantes a esas cortas edades, y me quedo corto.
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En el primer contacto humano con la psicóloga jefe del Centro, Moisés ya advirtió que no era tan
alta como su madre adoptiva, de hecho no se le parecía en nada ni fisiognómicamente ni en las
dulces y cálidas preguntas que eran dirigidas hacia él.
Nunca había hablado con nadie, mayores, niños o niñas exceptuando por supuesto a sus ya
alejados papás. Marta, la psicóloga jefe, no logró sacarle ni tan sólo un vocablo a Moisés y en el
intento de pedirle su mano para acompañarle a su momentánea y sellada habitación, aseo incluido,
Moisés únicamente le brindó un corto y blando apretón de manos a modo de saludo, tal y como le
habían enseñado los artificiales propietarios de su Libro de Familia.
A modo de celda carcelaria u hospital para asesinos dementes peligrosos, le traían la comida en
bandejas de plástico blanquecino, tenedor, cuchara, cuchillo, vasito y cucharilla para el postre de
idéntico material reciclable e idéntica gama de color.
En una primera visita a su sellada habitación, Moisés no hizo más que asustarse al ver a un auxiliar
clínico, enorme, de casi dos metros, cubano, de tez morena, sombreada por algunos genes de sus
ancestros. Al principio, Moisés trató de esconderse sin éxito en uno de los rincones de la cama. Sus
ojos almendrados tornáronse lunas llenas. A los tres minutos, para ser exactos, se tranquilizó al oír
con un acento español extraño las palabras de ese gigante: ¡No te asustes chaval!, aquí te vamos a
cuidar bien, si necesitas alguna cosa, presionas el botón rojo que tienes a la derecha de tu almohada
y acudiremos de inmediato a tu llamada.
Moisés, aún sobresaltado por la incursión a su pequeño habitáculo, cogió la bandeja y emprendió
la ardua tarea de su primera toma alimenticia en un lugar en el que por primera vez, sus papás no
estaban presentes.
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Entre una de las curiosas ocurrencias o experimentos que la Directora del Centro, conjuntamente
con el exiguo grupo de psiquiatras, psicólogos y perdónenme no mencionar la ayuda inestimable de
Charles, un joven logopeda en prácticas (su nombre de pila no ayudaba para el caso), idearon
felizmente un sistema, totalmente nefasto, al menos eso creo yo, de aislar a los niños inquilinos que
entraban en el colegio por primera vez.
El método consistía en aislarlos a modo de calabozo en habitaciones selladas sólo al alcance de los
auxiliares clínicos y enfermeras que entraban para servir las comidas y cuidar del meticuloso aseo
personal de los críos, con el riguroso horario establecido.
Pasados dos días y si no había acontecido ningún percance extraordinario, el niño interno iba
pasando a habitaciones para dos niños y dos camas. Luego niño y niña en la misma habitación, eso
sí, también en dos camas individuales, cosa que no sólo a Moisés, le había producido más de un
sonrojo al despojarse incluso dentro del baño, del atuendo de algodón azul, para embaucarse en esa
prenda llamada “pijama”, más densa pero también de tonos azulados, por supuesto.
Pasados ocho días terrestres, las habitaciones de las que eran prisioneros iban agrandádose y eran
ocupadas por tres, cuatro niños y así hasta un máximo de cinco chiquillos con idéntico número de
camas individuales y botón rojo para emergencias al alcance de un estirón de brazo, situado como
era habitual en el extremo derecho de la almohada del camastro.
Los chiquillos, en la habitada habitación, a duras penas mantenían su mirada por más tiempo que
dos segundos de realidad relativista. Se apartaban unos de otros en sus camas o en algún rincón de
la soledad del que sabe que aún no estando solo, está solo.
Las visitas de familiares o amigos dignos de tales honorables vocablos, ya por desgracia en desuso,
sea por pereza, vagancia o por el hecho de que en cualquier época de regresión económica o moral,
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todos tendemos inevitablemente a ser Yo, mí, me, conmigo y si sobra algo, lo amarro fuertemente,
eran escasas…
Como trataba de explicar, las visitas eran los martes y jueves, de cuatro a siete de la tarde, sábados,
domingos y demás festivos con un horario permisivo de diez a veinte horas, salvando el almuerzo o
comida inquebrantable de las trece horas, manecilla pequeña a 30º Este del viejo reloj de maderas
nobles, roble barnizado, enmarcado en una de las paredes maestras de la salita para visitantes
ocasionales o no ocasionales.
La cena se inauguraba a las diecinueve horas del mismo día. Las peticiones se transmitían por las
enfermeras y enfermeros por medio de un viejo y oxidado altavoz, Apellidos, Nombre y por ese
orden para la ingesta medicamentosa de una, dos, tres u ocho grageas multicolores prescritas por la
médico psiquiatra asignada a cada niño, Muy de vez en cuando esas voces metálicas constituían
algún que otro ataque de rebeldía infantil con la que los enfermos mentales, infantes o adultos
hemos habitualmente coincidido en no pocas ocasiones.
Entre semana, el espacioso aparcamiento para visitantes ocasionales era precisamente eso, un
aparcamiento ocasional y horriblemente espacioso. Los sábados, domingos y festivos concurrían
algunos automóviles de fabricación curiosamente alemana que estacionaban distantes unos de
otros, como si de una extraña alergia primaveral se tratara, de ésas que perduran todo el año y que
separaraba temerosamente a los ocupantes de dichos vehículos.
Algunos de los escasos papás y mamás aparecían juntos para acercarse a sus hijos engendrados
genéticamente o no, para superar el metro de distancia entre ellos y no digamos el hecho de un casi
imposible contacto físico. Los psicólogos del Centro les explicaban con la habilidad de un político
o ex embajador ya entrado en años sobre los progresos de sus chicos. Por qué no comentar que en
la mayoría de las ocasiones, aparecía solo el papá con la eterna excusa de que una oportuna y
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dolorosa migraña había impedido la visita de su mujer. También se daba el caso de que viniera sola
la mamá al colegio, digamos por enésima vez, para ser más exactos, al Centro, aduciendo que su
marido hubiera preferido un niño razonablemente sano, abogado o ingeniero de
telecomunicaciones.
Este sistema, llamémosle “novedoso” y aletargado en mi estrecha y pedante opinión, debía optar
por las dos obligadas semanas, domingos y festivos incluidos, donde ya entonces pasaban a la Sala
Grande, de hecho así la llamaban…
En dicha sala concurrían más de treinta infantes aparentemente libres. La sala de recreos
variopintos, juegos de mesa, bolas y cubos de espuma con letras y dibujitos eran o debían ser una
atracción a sus distantes miradas. A ello se le unían las visitas concertadas de esos familiares a los
que me he referido antes por su ausencia. De hecho, la Sala Grande, era un espacioso espacio
espacial, ínfimamente habitado.
En dicha estancia, los niños, unos con mayor o menor edad que otros, sería otro tema muy
discutible, hacían el intento de un cruce de miradas aparentemente vacías, seguramente repletas de
preguntas que los “adultos”, con el tiempo, hemos hecho de esto un particular e intransferible
misterio. Ese arma de la que nosotros los “adultos”, nos servimos y sellamos con hipócritas y
sentidos silencios en reuniones de trabajo, negociaciones con el patrono por un aumento de sueldo,
bodas, bautizos y algún que otro funeral en el que algún amigo o familiar se había convertido por
un día en víctima o héroe a la llegada en la que algunos, no yo, lo llaman: Cielo u “Otro Mundo”
Quizá no me atreví tiempo atrás a visitar ese “Otro Mundo” tras la ingesta de innumerables
pastillas para conocer el “coma”, “mi coma”, que decidí voluntariamente y seguramente fruto del
carbonato administrado en urgencias a mi sufrido estómago. Quizá, mi cobardía o escasa fe en
túneles de brillante luz con un Ángel redentor, un afectuoso Dios o una Ninfa atrapada por su
desnuda belleza en unas sedas blancas transparentes, todos ellos aguardando mi travesía en ese
largo e insinuante túnel de luz, no consiguieron darme el valor de hacer ese “coma irreversible”.
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Pudiera ser dentro de mi falsa modestia, una excusa para ahorrar un poco de tiempo al triste
médico forense que sólo ansiaba llegar a su casa lo antes posible para besar a sus hijos y acariciar la
mejilla a su paciente mujer y compañera de viajes…
Los papás de Moisés no hicieron ni tan siquiera una sombra en el sombrío aparcamiento del
“colegio”. Volvieron a mudarse a la ciudad, un nuevo departamento, otros teléfonos, DNI,
Pasaportes, otras cuentas bancarias (en el extranjero, en Suiza y no por casualidad) y números de la
Seguridad Social a cambio de una suma no muy superior a cinco mil euros. Ese trabajo artesanal en
tiempos de guerra fue sustituido por la llegada novedosa de las impresoras Láser en color,
Photoshop incluido, que abaratarían considerablemente los emolumentos clandestinos.
De la venta, compra y recompra, posventas y demás, obtuvieron beneficios suficientes como para
renunciar a sus antiguas pensiones y excedencias estatales. En definitiva, sus pensiones y
prejubilaciones acababan en cheques huérfanos de cobro y cartas certificadas con acuse de recibo
de la Hacienda pública que se volatilizaron como la servilleta de un bar a la que prendemos fuego,
para sentirnos por un instante que somos un Ave Fénix que nos trasciende o nos echa ese abrazo
invisible con el que hemos soñado en nuestra escasa existencia.
Moisés, en la Sala Grande, la de las visitas ausentes, inútiles juegos e insoportable altavoz repleto
de telarañas, en demasiadas ocasiones demandaba la ingesta de esa crueldad de fármacos de última
generación, por supuesto alimentada por las grandes multinacionales farmacéuticas que sirviéndose
de químicos y biólogos en último curso de carrera universitaria, y apenas coste económico para
ellas, las “Multis”. Eso sí, los nuevos y novedosos fármacos jamás se expedían, expidieron y
expedirán de manera gratuita.
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Pero volvamos al tema en cuestión, a Moisés y su reclutamiento involuntario en la llamada Sala
Grande.
Creo firmemente haberme dejado llevar por una ira y espíritu histriónico sobre infinitas e injustas
injusticias que no me han dejado conciliar el sueño profundo en mis noches de perpetuo insomnio;
por supuesto, no somos ni seremos pocos (quizá debería excluirme) a los que les cuelgo la medalla
de la más bella y hermosa sensatez humana a la que denominamos vulgarmente: sentido común.
Moisés nunca fue un aprendiz de eso que llamamos calor humano, que se desea y se debería desear
de cualquier amiguito, mentor, tutor, padre o madre; Ese calor que hasta una roca de granito puede
manifestar al quebrarse cuando una de las lluvias de granizo, casi nieve polar, penetra en su duro
corazón para más tarde dar paso a una estampida de grises nubes y al nuevo reinado del Rey Sol.
Él observaba al resto de compañeros de su prisión incondicional. A veces, con algunos niños
insistía en su casi ya famoso suave apretón de manos, pero ese insignificante motivo era el
detonante de provocaciones, rechazos y gritos inmediatos, sobretodo en los chiquillos con los que
ese Autismo se había revelado consciente o inconscientemente en ellos de una manera injustamente
severa.
Todo empezó con una croqueta de pollo, en el comedor de la Sala Grande. En su bandejita de
plástico, Moisés fue amontonando las tres croquetas de pollo, una a lado de la otra y a modo de
pirámide, ladrillo a ladrillo y cómo cúspide final, la tercera croqueta. Pasados unos días que como
sabemos, a veces suelen ser interminables, se acercó una niña y colocó una de sus croquetas
justamente al lado de las de Moisés. Sin comer esas dos restantes croquetas, acabó uniéndolas a su
bandejita de plástico, a la locuaz y simbólica pirámide.
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El castillo de croquetas se fue haciendo poco a poco alto y grande, con la sorpresa sorpresiva que
embargaba a Moisés cuando veía con rostro atónito que los demás infantes semi adolescentes
depositaban sus tres croquetas de forma ordenada, una a una y uno a uno en su pequeño intento de
crear una mínima comunicación entre ellos.
De hecho, se hizo el castillo tan enorme que nadie recordaba ya dónde había depositado las
croquetas, sus croquetas. Ese pequeño gesto e importante a la vez, el hecho de que fueran
recogiendo las croquetas una a una, uno a uno indistintamente y sin el típico ¡ésta era mía, y no la
toques!, causó a Moisés una pregunta con respuestas a las que él por supuesto, ya había respondido.
No cabe decir que enfermeras y auxiliares clínicas observaban esa pequeña proeza tras los cristales
blindados a los que les tenían acostumbrados.
En un alarde de atrevida humanidad, Lourdes, una enfermera en prácticas, logró que la maravillosa
cocinera, gorda y sobrada de un gozo de simpatía del que siempre careció ni fue iluminado Moisés,
se dispuso a amasar, cocinar y freír croquetas pero esta vez de pollo, bacalao, diversas verduras y
carnes vacunas.
Los días de almuerzo, comidas y cenas provistas de ese superfluo añadido “croquetil”, como suele
pasar en los postres, no eran necesarios en la ingesta de una persona humana, seguramente no tanto
como las alubias, menestras, cazón, merluza frita, al vapor o deliciosas y estofadas carnes con
aderezo de patatas al horno.
La verdad es que no eran tan habituales en los siete días de una semana. Croquetas: los lunes,
miércoles y viernes en esa cena de las diecinueve horas, más o menos nocturna, dejémoslo así…
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Eran cerca de treinta y seis niños y niñas en la Sala Grande. Durante una semana continuó lo que
sería una especie de gran comuna “hippy” o litúrgica pero ante todo, pacífica…Todos depositaban
sus croquetas para construir la gran pirámide menos uno de ellos: David, que se empeñaba en
seguir pegado a una de esas esquinas del comedor y salita de escasas visitas, la Sala Grande.
Un día de diciembre cercano a las fiestas paganas o religiosamente cristianas que algunos suelen
profesar, Moisés se alzó con el puño en alto y exclamó: ¡Yo a partir de ahora no voy a ser el
iniciante en la pirámide de croquetas!, ¡ya no más!.
Salvando a algún que otro chiquillo, la mayoría comenzaron a gritar y darse cabezazos en las
paredes. Moisés no había hablado, había gritado, en definitivas cuentas: Había dicho…
David, el más insociable, por no decir otra cosa, se alzó y adelantándose unos cortos pasos, se
dispuso a colocar la primera croqueta en la bandeja de plástico.
Todos sabían que el primero en empezar, sería el último en recoger esa definitiva croqueta que
dejaría huérfano por un día el hermoso castillo. A continuación, los demás niños callaron y
prosiguieron la gesta que David, por un día había emprendido.
Pasó un día y Moisés volvió a preguntar quién sería el primero. Ese día nadie y por primera vez,
nadie gritó ni se acobardó, todos se miraron entre sí, algunos giraban y alzaban la cabeza
vagamente, otros girándola oblicuamente semicaída, con los esforzados tics propios de una
inevitable mala sincronización, si acaso de una carestía en fijar la atención en un único punto.
Nadie hacía aparentemente nada, algo misterioso y espiritual había hecho que los demás niños se
dieran cuenta de quién era “el más necesitado de ese día” para ser “el iniciador” de la famosa
pirámide “croquetil”.
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Era un treinta y uno de Diciembre. Enfermeras, auxiliares y hasta la Jefe del Centro o “colegio”
tuvieron ciertas dudas de conciencia respecto a los avances casuales que habían ocurrido en estas
últimas semanas. Todos o casi todos eran poseedores de una familia que les esperaba en casa el
Año Nuevo, ¿qué más puedo decir?.
No apareció ni un puñetero visitante o familiar en el citado y espacioso aparcamiento. Charles, el
logopeda fantástico decidió quedarse en el Centro. Pidió el oportuno permiso para que en la Sala
Grande se colgaran globos de colores, serpentinas y se repartieran caramelos y adornos navideños,
hasta incluso algún que otro chisme de suave papel y sonido estridente al que llaman “espanta
suegras”.
No suficiente con eso, bajó a ver a la maravillosa cocinera. Ella siempre había cuidado de la
intolerancia a la lactosa que sufría Moisés.
Charles le suplicó unos minutos de su escaso tiempo libre para que antes de que marchara con su
familia, preparase doce uvas (sin semillas o pipos) para cada uno de los niños de la gran Sala
Grande.
Creo no equivocarme pero también trajo un viejo televisor de catorce pulgadas para escuchar la
retransmisión de las famosas Campanadas de Fin de Año en la Puerta del Sol de Madrid.
Esta noche, los médicos y el resto del personal sanitario, observaban absortos, tras las últimas
semanas, cómo los niños jugaban, se tocaban entre ellos, incluso hasta se abrazaban de vez en
cuando con sus miradas perdidas. No gritaban, no se apartaban miedosos unos de otros,
simplemente: se comunicaban…
Eran niños, extraños, enfermos que jugaban, sólo jugaban. Niños que como el resto de los cientos
millones de críos del mundo, jugaban…
Por suerte o desgracia, ese resto del planeta Tierra de niños no había tenido la suerte o desgracia de
visitar nunca ese, llamémosle: “colegio”
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Esa noche tan especial, no estaban las croquetas en el menú de Fin de Año.
Yolanda Sánchez, la Jefa directora del centro y de la que no pocas veces he recordado su nombre,
no se marchó, supongo que con excusas a su marido por temas clínicos de extrema urgencia.
Enfermeras, auxiliares, psicólogos y Charles con su televisor antiguo, intentando sintonizar la
primera cadena de RTVE, se unieron a los treinta y pico niños de la Gran Sala, que por cierto ya no
resultaba tan espaciosa como antes…
Los críos tenían en sus pequeñas manos las doce uvas dentro de una bolsita transparente de
celofán, así como la bandejita de plástico blanquecino.
Restaban diez minutos y David, el loco autista de las esquinas sombreadas se acercó lentamente a
Yolanda, la Jefa directora y cogiendo su mano, le regaló una de sus doce uvas para que ella fuera la
primera en colocarla en la bandejita de plástico para dar comienzo a un nuevo castillo.
Ahora en el siglo XXI, he de decir que ya había dejado de ser altruista, si no hubiera creído en el
pequeño y gran “Poder” de una pequeña e insignificante Croqueta de pollo…
Me viene a la memoria un poema que escribí hace años sobre el paso de niño a hombre y de
hombre a niño:
“Niño”
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“Niño”
Vivo bajo un cielo repleto
de calabazas, amontonadas
tamaño y colores infinitos
distintos…
Un niño tira de mi capa
como si de un cordel
se tratara
inclino mi cara hacia él
me mira expectante
no sé si con prisas
pero no deja de tirar…
Al preguntarle el porqué
señala con su pequeño dedo
al cielo…
Sigue tirando y tirando…
Caen las calabazas suavemente
rodeándonos a ambos
se rompen y se abren
maduras y dulces
puro azúcar y mermeladas
el niño ya ha dejado de tirar,
de mí…
el niño se ha marchado.

 

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