Seres inanimados (Cuento corto) (R)2006

    Seres inanimados


                                por  Esteban Vicente del Campo  (aka NONTIE)


Ésta es la historia de una silla y una mesa. Ambas tenían idéntico número de patas, una
era esbelta y delgada, de una plaza, color negro mate y confortable. La otra era firme, de
maderas nobles, fuerte y pesada, media altura, no muy baja y cuadrada.
Trabajaban de sol a luna, de luz natural a noche de penumbra. Los martes eran festivos,
los sábados noche, eternos, su amo, un tal Alberto.
La silla era feliz, casi siempre en movimiento, cambiando y cambiando de clientes. La
mesa, feliz también pero a su manera, paciente, con vasos y platos derramados, algún
que otro puñetazo y más de un arañazo, además siempre estaba el gracioso manitas que
la calzaba para que guardara firme el equilibrio. Con suerte y al acabar la jornada, la
silla quedaba boca abajo sobre la mesa ya limpia, como besando…
Entre ellas, miles y miles de palabras, conversaciones ricas cargadas de anécdotas.
Bueno, la verdad es que a los cinco minutos la conversación se convertía en un
auténtico monólogo sobredimensionado por la silla. Ella, parlanchina, soltaba toda su
verborrea al acabar el día. La mesa, paciente y resignada escuchaba hasta la saciedad a
su locuaz amiga; se conoce que al estar boca abajo, toda la sangre le iba a la cabeza y
¡venga!, a largar y largar…
La mesa, con voz plana y mesurada, le contaba a la silla saltarina que por la mañana
había visto a dos lesbianas cruzando en secreto sus manos por debajo de ella; la silla
interrumpía como de costumbre, dando mil y un detalles sobre el tipo de pantalones,
faldas, camisas, anillos y relojes que la habían acariciado. Incluso le explicaba a su
inseparable mesa toda clase de experiencias escatológicas que había vivido en la jornada
de trabajo, como la de un señor mayor que por la tarde no cesaba de moverse en ella,
con posturas raras y tos provocada para disimular el exceso de gases…
La mesa estaba harta, hartísima y no eran pocas las veces que deseaba algún mal menor
para que la inseparable silla dejara de ser inseparable y poder así librarse de ella.
Pasaron los meses y un siete de agosto a las once de la noche de un sábado…la silla
voló literalmente por los aires, fruto de una discusión fuerte entre dos clientes del bar.
La silla perdió una de sus patas y el dueño decidió no hacerle sufrir más. A las dos horas
acabó en un contenedor. La silla lloró y no paró de llorar. Rodeada de cartones y
estanterías rotas, gritaba de dolor y angustiada recordaba a su compañera, la mesa y
entre lágrima y lágrima, la echaba de menos, la añoraba…
Alberto, el propietario de bar, viendo que faltaban sillas para sustituir a la antigua,
decidió hacer un hueco en el bar y se llevó la mesa al almacén. Allí, entre cajas de
cervezas siguió la mesa, aliviada del ruido de seres humanos y de las imparables ristras
de palabras que le escupía su antigua compañera, la silla, al terminar las duras horas de
trabajo.
No se sabe muy bien qué día fue pero un día…la mesa acabó de segunda mano en un
local lleno de etiquetas, de ésos en donde la gente mira y pocas veces compra.
La mesa, a cambio de treinta y cinco euros, pasó a manos de un joven aparentemente
simpático. Como era pesada y fuerte, el joven decidió atravesarla con un taladro varias
veces, haciendo de ella una banqueta de pruebas, una mezcla de madera con partes de
hierro colado…
Desde entonces sólo escucha consejos de bricolaje en una pequeña televisión,
música de los Beatles y de vez en cuando un poco de Eagles.
Cada vez que oye la puerta y el ruido de cachivaches, sabe que su amo se ha vuelto a
aburrir, a discutir con su esposa o algo así…
Pero cuando escucha la manivela metálica aflojarse y apretarse, ya sabe el tipo
de sonido para sordos que le aguarda: el maldito set de bricolaje de su amo…
Entonces recuerda, llorando con nostalgia, el aluvión de palabras vacías de su
amiga, la silla… los tontos y locos chistes, las burradas sin sentido y las eternas
charlas sincopadas que como santa, santísima, se tragaba…
Desde luego, el taladro infernal de su amo nada tenía que ver con los
excesivos pero cariñosos murmullos de su antigua amiga,
la silla…

-FIN-

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